Desde el legado de Alfredo Molano, ¿Cuáles son los principales aprendizajes y reflexiones que nos ha dejado la práctica de escucha?

“Ni escuchar ni contar es una acción aséptica, no es un acto estéril que nos debe despojar de humanidad para convertirlo en legítimo o correcto, todo lo contrario, está marcado por las emociones, las sensaciones, lo visceral, y no por esto ser parcial o sesgado, simplemente es un acto de humanidad”.

Escuchar y tomar apuntes técnica característica de Alfredo Molano Bravo, quien siempre consigo llevó étnicas mochilas. (Foto: Óscar A Pabón M)

Espero poder acercarme, aunque sea un poco, a una respuesta completa a esta cuestión, pues hablar de Alfredo y de la escucha es para mí un reto inmenso a estas alturas del cumplimiento de nuestra tarea como Comisión de la Verdad. ¿Cómo no caer en sólo hablar de un concepto y en cambio proponer que es la escucha en sí misma una manera de vivir? ¿Qué es esta una forma de entender nuestro paso, no sólo por la Comisión sino por el mundo? ¿cómo evitar la teorización de esto que se ha convertido en nuestra razón de ser como entidad, como colaboradores y colaboradoras?

Empezaré por ponerle un marco a esta reflexión: la escucha ha sido en este camino una labor consciente y no el ejercicio técnico definido por una guía o un formulario que espera recoger información cualitativa y cuantitativa de lo que es la guerra y el dolor. Ha sido una motivación, un reto, un modo de hacer las cosas, una forma de comenzar, la hoja de ruta para decidir, y en todo caso, la puesta en práctica de esa travesía crítica y amorosa por reconocer en el otro y la otra la capacidad de una interlocución legítima y dignificante.

Escuchando, entramos al mundo de los grises y de los matices, mejor, en el mundo de los prismas de colores invertidos, en el que las verdades planas empezaron a tambalear, quizá porque la historia misma no es lineal, pareciera ser una madeja con nudos y de diferentes texturas que nos envuelve y nos enreda en eso que es vivir. Las historias que escuchamos, que no se ceñían al mandato, a los trece puntos a investigar, que no conocían de los núcleos de investigación o de las metodologías de diálogo social, se nos abrieron por completo y nos vimos confundidas, desbordadas y asombradas. Hoy me pregunto si nuestro pasmo de debía a no saber qué hacer con la cantidad de información que estábamos recibiendo, o justamente porque empezamos ahí a entender la magnitud de nuestra tarea y a tener certeza de la necesidad que este país guarda en silencio de ser escuchado.

Cada uno de los testimonios e historias vivas a las que se nos permitió acercarnos es una experiencia, un juego de sentires, olores, imágenes evocadas por el recuerdo, paisajes que no conocemos, épocas que no vivimos, amores que no disfrutamos, dolores que no alcanzamos a imaginar pero que nos conmovieron profundamente, quizá porque estuvimos allí queriendo entender y ver con esos ojos con los que el pasado se nos presentó como la herramienta de trabajo para aportar a contar aquello que como sociedad tenemos impregnado en las venas y esperamos no repetir.

Quisimos sentir el viento en la cara que aquel relato de una mujer libre de las sabanas del Vichada nos recordó, la humedad en nuestros pies cuando se nos evocó de las interminables tormentas en las selvas, el cansancio de una jornada de trabajo en el campo o la incertidumbre de la desaparición forzada de hijo. Nos pusimos en la labor de entender sin otra pretensión que el respeto por la vida de quien quiso contarnos su historia. No puedo afirmar que lo logramos, eso es posiblemente una reflexión que cada quién hará a lo largo de su vida cuando recuerde el paso por “La Comisión”, sin embargo, creo que hacer honor a las enseñanzas de Alfredo Molano y a su legado, implica confiar en que él como Comisionado marcó esta impronta en nuestro andar.

El ejercicio de la escucha y recorrer los lugares por donde la guerra estuvo fueron dos constantes en los planes de trabajo de los funcionarios de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (Foto: archivo particular)

En los territorios, procuramos revivir en cada paso esta frase con la que Alfredo nos animó a comenzar, que la Comisión debía pasar por dónde la guerra lo hizo, y así, emprendimos viajes en lanchas de motor y canoas por ríos majestuosos y caños a los que no se les ve el fondo; en mula, en camiones, en aviones, en lujosos transportes especiales, carros de línea, chivas, bues escalera, en el carro de los amigos, del presidente de la junta, la moto de la profesora. Anduvimos, quizá no lo suficiente para alcanzar los pasos de la guerra, pero asumimos la tarea de empezar. Una vez podíamos sentarnos a conversar, desaparecían las guías y formularios de la escena, y se ambientaban los momentos con cafés dulces con panela, una que otra risa, llanto, un mandato en la cabeza y quizás en el fondo la imagen y recuerdo vivo de Alfredo que se nos repite como mantra: que lo nacional no se coma lo territorial, que lo cuantitativo no se coma lo cualitativo…

Aquí entendimos que poder ver a los ojos es una forma de escuchar. Que dedicar tiempo sincero a una persona es una forma de amar, de reconocer y de dignificar. Que de pronto lo que nos ha faltado como Nación, además de escucharnos, es dedicarnos tiempo. Escuchar es por sí mismo un acto reparador en un mundo de afanes, metas y estadísticas. Y cuando empezamos a encontrar que ese tiempo dedicado fue suficiente para entender qué sucedió en la guerra y cómo sucedió a esa persona o ese grupo eso que tanto duele. Que la compresión era el motor para seguir andando en función de lo que nuestra labor consciente disponía.

Hemos entendido que el derecho a la verdad tiene una dimensión profunda en la que poco nos concentramos como sociedad, y es el derecho que tenemos a que la historia incluya todas las voces, que aquello que ha sido “verdad” se construya también con nuestra versión de lo que nos pasó; andando y escuchando hemos entendido que es también el derecho a contar. 

Han sido tres años en los que aprendemos cada día una forma nueva de hacer la misma pregunta, y en cada respuesta hemos repasado aquellos matices y formas intrincadas como las montañas mismas. Ha sido una experiencia en la que tenemos que ver y sentir a quién está contando como protagonista, es su vida la que está allí, a la orden de nuestra curiosidad, y eso solo ha sido posible por una confianza que antecede al encuentro, o que en ocasiones se construye cuando, en frente no hay otro que el ser humano que de forma respetuosa, humilde y comprensiva está allí para escuchar sin juzgamientos, prejuicios ni reclamos, eso sí, con la subjetividad intacta de ser seres históricos, sociales y definidos en múltiples dimensiones por nuestra historia. Ni escuchar ni contar es una acción aséptica, no es un acto estéril que nos debe despojar de humanidad para convertirlo en legítimo o correcto, todo lo contrario, está marcado por las emociones, las sensaciones, lo visceral, y no por esto ser parcial o sesgado, simplemente es un acto de humanidad.

A la misma hora de las exequias del Comisionado Alfredo Molano Bravo en la capital de la República, en la villavicense sede de la Comisión de la Verdad sus compañeros de trabajo y más personas le tributaron simbólico homenaje (Foto: Óscar A Pabón M).

Alguna vez, Alfredo me contó sobre aquel fotógrafo que había inspirado gran parte de sus reflexiones estéticas y simbólicas, este sujeto que tomaba las fotos “desde abajo”, en un plano poco acostumbrado para campesinos, indígenas, mujeres, pobres, para aquellos que muchos creían no debían salir en fotos a menos que fueran parte de una investigación social. Hoy, desde La Comisión, y este espacio me remite a esa idea, en la que es la disposición de los principios la que dignifica el lugar de quien nos cuenta, es la sumisión a lo fundamental para conservar la vida y la dignidad lo que debe marcar nuestro ejercicio, es estar allí, abajo, en otro plano, lo que nos permitirá aportar a la compresión de lo que nos ha pasado como país, y no menos importante, a generar la consciencia de que como esa madeja entreverada de causas y efectos, los lugares en la historia se cambian y compartes, y en cualquier momento y desde cualquier lugar tenemos la capacidad y el poder de contar otra historia, una más justa y equitativa. Sin superioridad moral, sin egos comprensivos o dictaduras de intereses, sólo con la plena consciencia de la responsabilidad que nos implica haber sido parte de este proceso.

Serán muchas las reflexiones que no puedo traer a este momento que sé todos tenemos en nuestros corazones y diarios de campo, pero quisiera decir que, así como para entender y comprender debíamos pasar por dónde la guerra pasó, para que no se repita debemos volver a recorrer esos caminos, hoy con la tarea de contar, seguramente si aprendemos a escuchar, seremos escuchados.

No soy quien, pero confío que Alfredo estaría ansioso de conocer el resultado de todo este proceso, no por ser un exquisito producto terminado, sino porque con él se abren nuevas trochas para andar.

Una respuesta a “Desde el legado de Alfredo Molano, ¿Cuáles son los principales aprendizajes y reflexiones que nos ha dejado la práctica de escucha?”

  1. Jairo Ruiz dice:

    Molano. Padre de la narrativa de los refugiados, perseguidos por la violencia gobiernista colombiana

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