“Introducción: Concurren, a esta comprensión de la especificidad del hato llanero, tres inquietudes sobre el llano orinoquense que, persistentemente, me asedian: etnohistoria del imaginario que suscita dicho espacio, la presencia de la ganadería mayor (bovinos y equinos) en la región y perspectivas de la cultura llanera en tiempos de globalización”.

Al llanero orinoquense (ágrafo o no) suele atribuírsele una propensión fantaseadora o poética, que Ruiz y Rago (1988) denominan “trance estético” que y explican como compatibilidad entre su “modo afectivo y estético con el modo de sacarle provecho para la vida”, Una cualidad que consideramos extensiva a cualquier etnicidad, ya que lo más parecido, a mi entender, a la poesía, es la consustanciación con lo primario y viceversa. Lo más parecido al misticismo o la pasión.
Ángel Acevedo dice de una “honda lejanía” que afloró en Ángel Custodio Loyola al preguntarle por la procedencia de un buen cantor.
Deleite factible en determinado lugar como expresó Luís Barrios Cruz (1931):
Allí se está muy bien, amigos míos
Ante todo, se está muy bien del alma
Tenemos cosas viejas
Viejas cosas que fueron olvidadas
Porque tan sólo fueron conocidas de palabras
Que con respecto a su tierra es “imantación” dice Víctor Manuel Ovalles (1942), precisando Calzadilla Valdés (1948) que “después de pasar por el llano o traficarlo (…) lo acomete cierta decidida inclinación, un súper orgullo de ser tercio entendido, práctico y hasta connaturalizado con la abierta, silente sabana y sus riesgos”.
Que Sánchez Olivo (1978) condensa en soledad “de sabana y de río /… / con bramidos y relincho, / con canto de alcaravanes, / de chenchenas y gallitos, /… “.
Hábitat extensivo al inframundo, ya que se dirige a un amigo llanero acerca de otro, quien “no ha muerto, / como no morirás tú / ni tampoco moriremos / los que llevamos metido / muy hondo a Apure por dentro / pues nuestra alma forma parte del alma del llano inmenso”. Sin descartar que cesando tales “rumbos / y el horizonte… allá lejos… /
Entonces, José Natalio, / si es verdad que estamos muertos / aunque andemos caminando / muy vivos de carne y hueso”.
La territorialidad que define Lazo Martí, en la Silva Criolla, como alegría “de ver, al despertar, alba naciente, / y de abrazar con sólo una mirada, / del sur al septentrión. Y del ocaso / hasta el fúlgido oriente, / la línea, el ancho lote, siempre al raso, / de tierra natal”.
Y Arvelo T (1965) considera “fibra de cuanto suda y palpita y ya no zumo de amasados conceptos- se distiende un paisaje de inmediata toma perceptual, logro de ese tope estético breve y poderoso al cual Lazo supo siempre ascender, aquí y allá, aún en sus creaciones de valor secundario. Este pasaje surge, cálido y viviente, con la mención de sus cuatro linderos, su desierto y su oasis”
Advirtiendo que “En el centro de ese tendido espacio desafía leguas y siglos la espigada antena de un endecasílabo sencillamente extraordinario:
La línea, el ancho lote, siempre al raso
…Once sílabas levantan el área de la llanura. Cubican la majestad del firmamento…. Junto a la impresión pictórica de lo ilímite, golpea el compás de las incidencias tónicas sólo sobre las sílabas pares, mientras la sinalefa, saltando ágil de voz en voz, carga con el artificio magistral de la cadencia”.
Confesando Arvelo (Ib.) que “la impresión de lo largo, ancho y profundo de este verso y el eco de su ondulante efluvio musical vienen conmigo desde la infancia.
Por personal sugestión, que bien pudiera nadie compartir, esas once sílabas rítmicas se me asocian con un rumor de cascos cruzando la enjuta sabana hacia doradas lejanías” (Pp. 176-8).
Ambos poetas, extraños a los deliquios de la riqueza y poder, habitadores de la infinitud y su magia gratificadora, como lo revela Arvelo Torrealba en estas cantas:
“Yo aprendí en tierra abismada / lección que no tuvo treguas / ir engañando las leguas / con el silbo y la tonada”
Me voy por esta sabana / -arpa que afinó el silencio- / duros bancos de “Voy Solo” / caminito de “Agua Lejos”
….
“El horizonte y yo vamos / solos por la llana tierra / me enlazó todos los rumbos / su audacia de soga abierta”.
Sin ser hatero, Arvelo asume tal espacio con la denominación con que el colonizador designa el enclave productivo ganadero regional, recuperándolo para la poesía así como el llanero lo hace para mediar con la otridad. Dice que Lazo Martí, como “mayordomo de heredades ilímites”, “en el hato espiritual del poema … puso el lindero sobre el horizonte. Antes había en los patios del fundo hacienda clamorosa. En armónica alianza, músculo y cantares rebosaban los botes” aludiendo aquellos versos de la Silva;
“Cantando una tonada clamorosa
Y bajo el fiero sol de la sabana
Al paso lento de la res morosa
Con rumbo al sur cruzó la caravana (p. 209).
En otras cantas Arvelo es directo en esa identificación del hato con esa utopía con que el llanero entrevé la llanura:
“Aquí estuvo el hato, padre, / que nos dio sombra en otro tiempo: / en este alambre caído / se me enredaron los sueños”.
“Con el dejo de este cuatro / me acuerdo de cuando iba / de noche en mi buey cansado / y el hato en la lejanía”.
Cabrera Malo en su novela El Reflejo de los Remansos Azules, escrita entre 1922-1925 y publicada parcialmente en revistas de la época, ofrece una imagen de un medio llanero voluptuoso, feraz y primario: “Las savias fluyen como las aguas. Las fieras, las plantas, las aves, aparecen acometidas del mismo celo bestial, y su animalidad victoriosa llena los bosques y las sabanas de venenos de amor y fragancias mortales. Pimpollos, hojas, flores, todos brota a una y perfuman por igual…
“y yo adivino, mejor que veo, en medio de esa naturaleza embrionaria, inmoderada, excesiva en todo, al pueblo cuyos abuelas nómadas se fueron a buscar el amor, la gloria y la muerte por todos los campos de batalla de la América…. “
Como vicio, locura o pasión, deviene su afición a un territorio que una vez visto, no deja de sucederse en asombros:
“¡Dios lo que vi! El Llano. Me hallaba en presencia de un mundo distinto…diez veces pasaría la estrecha garganta y siempre experimentaría la misma estupefacción….
“!Lejos!…lejos… ¡más allá de los palmares, más allá de las caminos, más allá del horizonte, de todos los horizontes, la llanura desolada, impasible, rabiosamente inmóvil, se dilataba hasta confundirse con el cielo y parecía un mar de grafito, petrificado de improviso, que conservara, sin embargo, su orquestación salvaje de tumbos y rugidos y la inexpresable alucinación de la Eternidad!!”.
Otra novela El Tuerto Miguel de Urbaneja Achelpohl, de 1927, vemos el caraqueño José Miguel Pantoja declarar: “yo amo la llanura, porque si en la cumbre nació la libertad, los hombres para conquistarla descendieron a la sabana (…)”. Se gana la llanura “con su vivir rudo pero libre…nada como en el llano contiene en sí la idea de libertad”.
Año de la aparición de La Vorágine del colombiano J. E. Rivera, en que la joven Alicia manifiesta que no sabe “por qué milagro al pisar la llanura, aminoró la zozobra que me inspiraba”. Respondiendo don Rafo:”Es que (….) esta tierra lo alimenta a uno ¿para gozarlo y para sufrirla. Es el desierto, pero nadie se siente solo: son nuestros hermanos el sol, el viento y la tempestad. Ni se le teme ni se le maldice”.
L. A. Crespo autor de un texto que denomina “La meta es el horizonte” (2012) haciendo compañía a Rodolfo Benavides en un álbum de paradigmáticas fotos, en un texto que reproduce su libro El País Ausente, pregunta y declara, con esa inteligencia de quien ha leído muy bien esta transitoriedad nuestra que ya se hace universal y perenne:
“¿De cuál frontera es el coplero, el que riposta o suspira? ¿De Villavicencio, por no decir de Guasdualito, o paisano de Tames, de Puerto Páez? Si se les reclamara fe de bautismo señalarían el horizonte: El horizonte y yo vamos solos por la tierra llana…” (p. 159). Citando líneas luego al poeta Ángel Acevedo, que se la había “enredado el horizonte en el pie” a Alberto Arvelo (p. 169).
Otro poeta llanero – De Armas Chitty (1979b)-, no haya desemejanzas entre el dueño de hatos, en su “afán de apañar tierras” y el “llanero” propiamente dicho, unidos por “una razón sicológica” que deriva del “horizonte al alcance de la vista sin poder atrapar la línea que siempre huye”.
La riqueza de su impronta influyó en la maceración de idiosincrasias en las que se patentizan alianzas inter-étnicas como inter-clasistas. De manera tal que son muchos los autores que identifican a los dueños de hato con los auténticos llaneros, como Julio de Armas (1962), argumentando que los propietarios eran los primeros en los trabajos de llano, etc. etc., según criterio compartido por el autor del “Vocabulario del Hato”, J. A. De Armas Chitty (1979b), para quien la res gana extensión para el hombre.
A su entender, llama “latifundista primario” a quien introduce tal modo de apropiación al oriente del Guárico, don Carlos del Peral. Voluntad expansionista que atribuye a la “malicia llanera” (De Armas Chitty, 1982). Compartiendo así el criterio del novelista Urbaneja Achelpohl en El Tuerto Miguel, para quien el alma llanera “se revela en toda su integridad, en su afán de conquista, en un ansia de espacio y vida”. Aun cuando haga salvedades.

No la Ley de Llanos. Si no las que don Tomás Rodríguez, en Hato Viejo, por los años ochenta, nos aseguró que las hacía el ganado y, quizá tuvieron mucho que ver con el desplazamiento espontáneo, hacia el sur, de los grandes bovinos y equinos de la zona centro-norte costera.
Las travesías de ganado entre Margarita y El Tocuyo y entre éste y el Meta, los hatos pioneros al norte, fricciones con los agricultores o entre los mismos criadores, la fuga de semovientes y asaltos indios contribuyeron a esta solicitud de aguas y pastos por el Llano. Cada res cuarenta litros de agua diarios, según José Antonio Silva, ocho galones dice Justo León. Su ordenación del mundo.
Comenta Arvelo T. (1965), refiriéndose a la época en que trashumaban las reses, como costumbre asumida ya en los hatos, el modo en que el humor de los ganados se alteraba emprendiendo “la marcha retozones. Más de una vez, si surgía algún retardo en la salida, las reses, en mansa indisciplina, se iban solas por la ruta sureña” (p. 220).
Dice Arvelo (1965) de una hilera de islas que sobrepasaba las cien mil hectáreas con nombres locales, geográficos o históricos. Un “fabuloso privilegio de humus y del agua”. Agregando que “Unas cuantas jornadas hacia el Sur la tierra brinda generosa lo que al Norte falta, un oasis tendido de Puerto Miranda hasta los morichales orinoqueños…
El hato guariqueño, tostado de sol y brisa, desde enero hasta abril, en cuyas escrituras o títulos campeaba con su fuero excluyente el derecho de propiedad, tuvo así su complemento geográfico, su apéndice territorial, su colonia interior, en aquella donosa Mesopotamia, sita entre el Apurito y el Apure, donde la tenencia de la tierra y el derecho de veraneo se regulaban preferentemente por el régimen de condominio…título o derechos de coindividario, para perfeccionar así la estructura y alcance funcional de su heredad”. Siendo en junio el retorno hacia “los hatos básicos”
“Ni los adustos pajales de los bancos, ni los verdecidos forrajes de las islas, debían ser pastados todo el año. Los primeros, porque si el ganado arrasa los retoños, apenas estos despuntan después de las quemas, se interfiere el desarrollo normal de las macollas. Degenera en alzada y lozanía… Los segundos, porque la experiencia ha demostrado….que desde que entre el Apurito y el Apure se han fundado hatos de vaquería permanente, los prados de “lambedoras” se han extinguido allí en forma alarmante” (Pp. 212-215).
Un hábito que, convenido o no, por lo que Arvelo llama una “conspiración de esfuerzos”, existía ya a mediados del siglo XVII, cuando Fray Jacinto de Carvajal (1956) observa, en su recorrido con Ochogavia por la parte sur de la región en 1648, costeando el Orinoco, reses pertenecientes a propiedades situadas a casi 300 Km. de distancia al norte.
Recordando Humberto Febres (1984) que “durante unos doce años, más o menos, arreos y rebaños orillaban el Llano, posiblemente desde el río Sarare hasta el Casanare, por cuyas riberas montaban hasta Tunja y Santa Fe de Bogotá”, una vía “larga y desamparada”, que da lugar a extravíos de animales, por ataques de nativos y otros obstáculos, de modo que “antes de 1577 los ganados se habían reproducido en una proporción incalculable en las sabanas”, estimando Fray Pedro Simón en cuatrocientos mil los cimarrones que pastaban más allá de Barinas hacia 1625.
Hecho que, probablemente, remonta al siglo XVI, hasta que el llano se transfigura en nuevos hábitats y etnias. Una praxis ganadera que quizá define, sin dudas, buena parte el ser llanero y una cultura que se resiste a retirar sus banderas después de tantas arremetidas de las nuevas maneras de concebir el espacio, los modos de hacer y pensar en la región.
Refiere Felipe Larrazábal, 1875 (1883) que Simón Bolívar en una proclama en llanos de Apure habría expresado: “Llaneros les dijo, vosotros seres independiente, aunque se oponga el mundo todo. Vuestras fuerzas y estos descritos al librar de la tiranía. ¿Quién puede subyugar la inmensidad?… Llaneros: sois invencibles” (p. 128).
Un control que, el mismo instante de la Conquista, se propusieron los colonizadores, apelando, entre otros recursos, al lenguaje: “hicieron entrar la realidad americana en los moldes de las palabras, los nombres y las creencias de Europa (….). Se capta lo desconocido en función de lo conocido” comenta Rosenblat (1977).
Juan de Castellanos, luego de recorrer personalmente la región como rodelero de Antonio Sedeño, en la expedición de éste desde Paria a Tiznados, entre 1537 y 1539, adjetiva el territorio como “solitario”, “largo”, “extendido”, “prolijísimo”, “grande”, “tierra tan exenta que provocó motines”, “el invierno largo”, “grandes pajonales agostados”, “sabanas extendidas con tal densor que no sabré pintallo / las yerbas dellas todas tan crecidas / con un poleo de prolijo tallo” (Vila, 1969: Castellanos, 1962).
Magnificencia que complementa con una impresión de ajenura y desamparo. Dice en sus Elegías que son “tierras nunca vistas / despobladas, tierras solitarias y baldías / crecida copia de venados / y ríos de grandes pesquerías” Sumando, al presunto vacío, alicientes para sobrevivir allí. Sin descuidar hostilidades que deben vencer los ganosos de fama y mérito: “Grandes arenales/…./ de arena una y otra tierra / do les hizo la sed terrible guerra”; “los calores son terribles” o “la lumbre del sol (…) les es nociva”.
Fray Pedro Aguado. al relatar la expedición de Spira, dice de pantanos y tremedales. Mientras a Fray Pedro Simón la asume como tierra “tan mala” comparada con la sierra que cree “más sana que la baja”, por ciénagas, anegadizos y esteros de ésta. Ambos mencionan el tigre, añadiendo, Simón, leones, culebras (boas), gusanos, murciélagos, mosquitos y mil enfermedades. En tanto Castellanos “el tabardillo” que “acecha como monstruo de leyendas”.
La identificación de los habitantes del llano con la barbarie, deriva tanto de la supuesta hostilidad de la región, como su presunto vacío y el imperativo de ocuparla. Almoina (1982), en su estudio sobre los cronistas, ilustra que a los indios se les caracteriza de “bárbaros habitantes de hermosas tierras que deben ser dominados y civilizados (tanto ellos como sus tierras)”.
Aunque hay tratamiento respetuoso en Castellanos, quien ve al indígena con alguna simpatía, atribuyéndole Pardo (1962) anticipación al criollismo en el uso de términos como ciribijures, cotoprices, mamones, chicas, jagüeyes, cacicazgo, batatillan embijado, encoconada, macanazo, manglar. Y hasta en el uso de coplas populares españolas.
El discurso colonial no es univoco y sobrenadan en él virtudes que se intenta desmerecer.
En el siglo XVIII Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierras firmes del Mar Océano percibe “los Llanos muy grandes que eran un prodigio”.
Fray Jacinto de Carvajal (1956), en el estilo barroco y jubiloso que anima su relato del recorrido con Ochogavia por la parte sur de la región en 1648, observa a orillas del Orinoco, reses que considera pertenecientes a hatos situados a casi 300 Km. de distancia al norte. Y un empeño glorificador que se manifiesta en sinonimias con qué apresar la exuberancia: “multitud” de caimanes, “muchedumbre” de “bajíos”, miel; “abundancia” de pescado y leche; “multiplicados” los venados, los cautivos y el ganado vacuno. Este último cimarrón como se deduce de las metáforas con que lo nombra: tropas, bultos que negrean, etc.
Ofreciéndosele los Llanos: espléndidos, explayados, espaciosos, dilatadísimos, dilatados, espaciosísimos, difusos, sin ocultar el afán de ponerlos al servicio de la conquista: le duele que “bárbaros e indios sean señores de sitios y parajes tan alegres” y testimonia a favor de la fundación de San Miguel del Castillo de Nuestra Señora de Calatayud por parte de Ochogavia para el usufructo de cimarroneras entre el Sarare y el Apure (Rodríguez, Adelina, 1985).
Las ambiciones se tuercen hacia El Dorado Pecuario y saltan los subterfugios con qué apoderarse y administrar la creciente cimarronería.
Es como los hatos llaneros se constituyen bajo el señuelo de la desmesura y un patrón tecnológico que articula “utilización extensiva de la tierra”, pasto fresco, escasa mano de obra y limitadas infraestructuras (Carvallo y Ríos, 1984): Elementos que para Carvallo (1985) definen el latifundismo: “el aprovechamiento de pastizales naturales con una ganadería extensiva, apoyado en la propiedad individual de la tierra como la tenencia colectiva (derechos de sabana)” y “usufructo de los rebaños” a favor del terrateniente.
Para Carvallo (op. cit.) los “rasgos fundamentales” del hato, “se configuran plenamente en el siglo XVIII” y subsisten “sin experimentar modificaciones significativas hasta mediados del siglo XX”, en que asume rasgos del capitalismo, aunque manteniendo “la práctica de la ganadería extensiva” que, en los llanos, cree “generalizada” por razones edafológicas y pluviométricas.
Entre los más antiguos subterfugios de lo que algunos autores denominan latifundismo, cabe el nombre de Garcy González de Silva, bautizado por De Armas Chítty (1979b) “padre del latifundio”, encomendero y Alcalde de Caracas, solicita en 1595 al gobernador Diego de Osorio, en compañía de su pariente Mateo Díaz Alfaro, hijo del fundador de San Sebastián, un extenso paño de tierra que iba desde Los Morros de San Juan hasta el Orinoco.
Y al cuarto de siglo, Juan de Urpín, introduce ante la Audiencia de Santo Domingo, requisitoria por un predio que alcanzaba desde el Cabo de Codera, “costa de la mar, hacia la tierra adentro; al oeste… Santa Lucía… atraviesa el río Tuy hacia el sur derecho hacia la sierra donde nace el río Orituco que baja hasta entrar al río Guárico abajo, hasta entrar en el río Orinoco”, enfatizando se le conceda “con exclusividad todo el ganado cimarrón, sin dueño, que haya dentro de las fronteras del territorio y para evitar conflictos que nadie pueda introducir reses, ni pasarlas ni sacarlas”.
Encareciendo que de haber “bovino entre los ríos Apure y Portuguesa, fugitivo, posiblemente en provincia del Virreinato de Santa Fe, también estas bestias serían suyas”. Una inmensidad que abarcaba casi todos los llanos colombo-venezolanos. Solicitud que fue admitida (Vila, Pablo, 1975).
La extensión de tierras disponibles garantiza la rentabilidad del hato, pero también la persistencia de una configuración excepcional, que se expresa en incontables matices y opciones durante más de cuatro siglos en un territorio de casi 400 mil kilómetros cuadrados.
Miguel Izard (1988) es autor de copiosa investigación acerca de “la historia de la invasión del Llano por los ganaderos”, como causa del proceso de evacuación de sus moradores y el reparto de la tierra entre “los oligarcas del norte” así como implantación de avanzadas productivas y aprobación de leyes que otorgan “derecho de herrar y (….) comercializar una parte de los ganados cimarrones” a dichos señores así como prohibiciones y restricciones contra los llaneros, causal de tantas tensiones.

Cuando asoma el siglo XIX el Llano experimenta con Humboldt (1956) un corte decisivo en su historia cultural. Haciéndose eco de la imagen colonial de una tierra desocupada y vacía, en su percepción, hay un sesgo romántico, cuando advierte, en la región, “la más profunda soledad”, “algo imponente, aunque triste, en el espectáculo uniforme de esas estepas”, en las que “todo parece inmóvil”. Iniciando, a su vez, la literatura que reconoce la existencia del autogentilicio de “los llaneros” e inaugura la que asemeja los llanos con tierras planas del lejano y cercano oriente.
Su reconocimiento del patronímico regional influye para que un año después de su travesía (1800), un interlocutor suyo – el poeta José Antonio Montenegro- apela al designativo en un Vejamen en que se exalta, sin proponérselo quizá, las cualidades llaneras de un graduando universitario motivo del agravio. Y ocho años luego de emprendida la independencia, el Libertador Simón Bolívar, habiendo actuado en los llanos de Apure y sur del Guárico, al lado de algunos de sus pobladores, recurre al mencionado etnónimo, en relampagueante estampa del 17 de febrero de 1818, en que los plasma con los rasgos mínimos que definen una etnia consolidada:
“Llaneros vosotros sois invencibles: vuestros caballos, vuestras lanzas y estos desiertos, os libran de la tiranía. Vosotros seréis independientes a despecho del imperio español”.
Proclama en la que valora la base territorial, el componente biótico básico de la culturalidad del grupo y el elemento construido que servía tanto para la subsistencia como la defensa y el ataque. Entramado que converge en esa disponibilidad libertaria que se traduce en invulnerabilidad. Un poderío que Bolívar admitió con los riesgos que implicaba para la suerte del proyecto republicano como su liderazgo en ciernes.
Pronunciamiento que Larrazábal, 1875 (1883) ubica en el día 15 de enero de 1819 cuando en San Juan de Payara pasa revista al ejército y les proclama con aquella elocuencia seductora de que la historia militar del mundo tiene pocos ejemplos:
“Llaneros les dijo, vosotros seres independiente, aunque se oponga el mundo todo. Vuestras fuerzas y estos descritos al librar de la tiranía. ¿Quién puede subyugar la inmensidad?… Llaneros: sois invencibles” (p. 128).
También el lenguaje parece convirtiendo aquellos grandes predios ganaderos en latifundios. Caracterización que, por lo visto, arranca en 1919 con Vallenilla Lanz (1991 (1919), cuando refiere cómo el general Páez a punto de concluir su segundo mandato presidencial, detenta varios hatos y haciendas cafeteras que conforman parte de su propiedad, algunos por adquisición de vales otorgados a próceres llaneros por concepto de haberes militares.
La reacción liberal denunció tal acaparamiento que no era significativo en virtud de suficiente tierra ociosa en que laborar. Pero la prédica fue tenaz y finalmente efectiva. El Trabuco 2 del 11 de diciembre de 1844 se atreve así con Páez:
Es el más logrero / Es un Satanás: / un caimán, un tigre, / qué sé yo qué más / Acá quiere un toro / Salido del llano / Acabar con todos / Y despotizarnos.
Sin embargo Vallenilla Lanz (op. cit.) no asumió de mal signo un enriquecimiento de que a su parecer garantizaba la posibilidad del gendarme necesario que pudiera capear las tendencias anárquicas suscitadas por jefecitos que sustentaban sus alzamientos en feudos locales. Lo cual prosiguió manifestándose durante todo el siglo XIX, con fricciones entre terratenientes conservadores, entre estos y los liberales y luego, entre los mismos propietarios de esta tolda política.
Cabe referir reseña de un agente de El Monitor Industrial, en Apure, en la edición 387 del 18 de Septiembre de 1860 informando, que “Todos los animales que se roban aquí van a la Nueva Granada…El pueblo de Arauca es un potrero de pícaros ladrones que proteje impunemente a todos los malvados de Apure, i es el depósito de todas las reses, caballos i cueros federados en este territorio”.
Los presidentes federales, tanto Monagas como Crespo no hacen más que suceder a Páez, en cuanto acumulación de tierras y ganados. Hasta que Gómez los supere a todos. De manera tal que los escritores que, durante su régimen, narran la cuestión de la gran propiedad ganadera latifundio, enfatizan sobre el modelo representado por la mudanza subrepticia de linderos para ampliar los linderos:
Cabrera Malo (1989 (1922) cuenta cómo, aspirando uno más de lo que le corresponde, decide que el Morichal de la Mona, que deslinda su posesión, no es el indicado en el título respectivo, sino diez leguas más al norte. Comentando un personaje:
“-Ingeniosa la manera esa de estirar la tierra, como si fuera melcocha”
Interrogándose cómo puede alguien “administrar el sacramento del bautismo en la propiedad ajena”. Y contesta el cura:
-Aquí en el llano, el coroto no es del amo si no del que lo necesita”. Agregando: “Esto es un baturrillo bolchevique”. Aludiendo quizá a Vallenilla Lanz (op. cit.) en cuanto a presunto comunismo en el llano. Ironizando tanto el naciente régimen soviético como la mencionada práctica llanera.
En la misma obra Cabrera Malo se hace copartícipe de la idea de que tales “Señores feudales” lo eran “más por instintos atávicos que por heredad” como postula De Armas Chitty.
Tempranamente Gallegos se siente atraído por aquellas lejanías: el accésit aspirado por el protagonista de la novela Reinaldo Solar (1920) es como de tierra llana. Celebra la conquista del Ávila invocando “la voz perdida que canta en la llanura”, memoria de un tiempo glorioso. La obra parece centrada en una “nostalgia de las olvidadas patrias”:
Allí está el camino! Mi tierra! La incomparable belleza de mi tierra: grita, llamándome en la luz y en el calor de su paisaje, en la desolación de su pobreza, en la infinita alegría del sol! ¡En la tristeza de sus ciudades muertas, sin pasado¡ En la fascinación de su espejismo, en el silencio de sus desiertos. En el inquietante soplo trágico que flota sobre el abismo de sombras del alma sepultada de mi raza.
En el grito de horror del que cayó en la emboscada; en el lamento del que se consume en la lujuria infecunda; en el delirio del que se abraza en la llama invisible de la fiebre; en la voz perdida que canta en la llanura nostalgia de las olvidadas patrias; de los que vinieron en las carabelas y en el barco negrero, y de los que vieron destruidas sus tribus y reemplazados sus dioses”
De la llanura dice que es “dilatada” en La Primera Versión de El Forastero, aludiendo al “confín de la sabana”. El espejismo aparece en Reinaldo Solar y en La Primera Versión: “las sospechas temerarias, propicias a los espejismos de la inflamable imaginación de los portillenses”.
Referencias geográficas ungidas de míticidad y leyenda: “Llano adentro” en Pegujal y en La Primera Versión, “Más lejos que nunca” en La Trepadora y “el remoto Arauca” a donde Hilario Guanipa quiere llevarse a Adelaida. Vocablos y locuciones que lo atraen: banco de sabana (La Trepadora).
Léxico y temáticas que lo rondan hasta darles forma en sus dos novelas del llano.
Los pruritos adoctrinadores y simbolizadores no dejan de acosarlo: los conflictos entre hatos tiene antecedentes en La Primera Versión al comentar un incendio intencional de sabanas por parte de un propietario.
La noción de latifundio que toma probablemente de Vallenilla Lanz, sin embargo se inviste de connotación negativa en el capítulo III de la Primera Parte de Doña Bárbara, titulado “La Devoradora de Hombres”, reseñando la denominación del hato El Miedo y sus orígenes cono “el paño de sabana donde estaban situadas las casas del hato” que La Dañera arrebata a Lorenzo Barquero con un subterfugio sugerido por el coronel Apolinar, quien ha sido jefe civil: “éste fue el punto de partida del famoso latifundio”.
Y en el capítulo IV “El Rodeo”, al comentar que “en tiempos de José Luzardo, y durante las vaquerías generales, el blancaje lo componían más de veinte propietarios de aquella porción de Arauca, de cuyas fincas, englobadas ahora en el latifundio de doña Bárbara, restaban los nombres para designar matas y sabanas de “El Miedo”. Con una significación de grandes propiedades constituidas fraudulentamente con la anuencia del poder político subsiguiente a la Guerra Federal.
En Cantaclaro, el término sólo es mencionado para referirse al “profundo malestar económico que por todo el llano se extendía con el latifundio” (1977b p. 195).
No considera, en tal categoría, al hato Altamira a pesar de que “primitivamente” estuvo conformado por “unas doscientas leguas de sabanas feraces que alimentaban la hacienda más numerosa que por aquellas soledades pacía y donde se encontraba uno de los más ricos garceros de la región”.
Ni porque su fundador Evaristo Luzardo fuese “hombre de presa” que, “a sangre y fuego”, arrebata a una comunidad yarura, El Palmar de La Chusmita (Gallegos, 1977a). Vinculando tampoco dicha palabra con el hato El Aposento de Los Coronado siendo “la finca más grande y bonita de por todo esto” (Gallegos, 1977b, 294).
Paralelamente, en ambas obras hay dos modelos de caudillaje: el de Santos Luzardo, como “buen cacicazgo”, frente a los que llama “caciques de la llanura”, Doña Bárbara, entre otros. El capítulo titulado “La Hora del Hombre” deja ver su aspiración de recuperar “el ancho feudo” “para la futura obra civilizadora”: “La hora del hombre bien aprovechada”.
En Cantaclaro hay una búsqueda de Payara, por parte de Martín Salcedo para comandar la revolución y, con igual fin, Juan Parao jarabea a Florentino.
Es un empeño justiciero: “Ya era hora de emprender la lucha para que en el ancho feudo de la violencia reinase algún día la justicia” (1977a: 162). Retaliación que alcanza al medio natural: “! La llanura! ¡La maldita llanura, devoradora de hombres!”, de acuerdo con reclamos de Lorenzo Barquero.
Proyecto que no representa destrucción del latifundio sino su sometimiento a régimen jurídico, aunque lo hubiese concebido el mismo usurpador. Cuando Luzardo acude ante la autoridad competente, basándose en la Ley de Llanos, objeta que Mr. Danger cace orejanos no siendo suficiente la propiedad que detenta, mientras que Doña Bárbara, poseyendo lo requerido, debe permitir “trabajos” en sus sabanas, ya que, como apunta Gallegos (1979b) “toda hacienda llanera” anda “regada por tierras que no le pertenecen”.
Asimismo, Luzardo estima que es necesario poblar, sanear, para “modificar las circunstancias que originan ciertos males: “todo lo que contribuyese a suprimir ferocidad tenía una importancia grande para su espíritu”. Así que abriga el deseo de que las quemas aplicadas, en aquella “enormidad de las tierras”, para acabar garrapatales y renovar pastos, provea la rotación de rebaños, mientras se estudia un sistema más “racional”.
Lamentando que la quesera no opere con prácticas usuales en “países civilizados”. Insistiendo en la necesidad de “civilizar la llanura: acabar con el empírico y con el cacique, ponerle término al cruzarse de brazos ante la naturaleza y el hombre”. Que para Gallegos es trazar “la línea recta del hombre dentro de la línea curva de la Naturaleza”, fijando “en la tierra de los innumerables caminos, por donde hace tiempo se pierden, rumbeando, las esperanzas errantes, uno solo y derecho hacia el porvenir”.
Afán modernizador ausente en Cantaclaro así como proyectos revolucionarios en el mejor sentido de la palabra. Expresando más bien el deseo de que se deje respeten las propiedades ajustadas a la ley, sin importar su extensión. Legitimidad que parece localizar más entre godos que en federales (1). Juzgando, los primeros, como “gente de bien con tradición de señorío social que en lo doméstico como en lo público daban un raro ejemplo intachable, terratenientes y comerciantes que practicaban la probidad como atributo de mantuanismo, por contraposición a la plebeya y absoluta carencia de honestidad que en lo político como en lo privado, era la característica de los Jaramillo, enemigos de los Payara”.
Sin descartar que hubiese godos que, alardeando de correctos, plantasen “los linderos de sus fincas más allá de lo escriturado”.
Repudia, igualmente, el cuatrerismo como la ambición de jefes civiles por apropiarse de bienes de pobres o ricos: Ño Pernalete, primera autoridad civil en Doña Bárbara, destruye el hato Ave María de Antonio Sandoval, cuando aquél era cuatrero (1979a), mientras el coronel Buitrago, que fue jefe civil, acosa desde el poder tanto al pobre Juan El Veguero como a los Coronado y otros dueños (2).

La desconfianza ante los sectores populares por parte de Payara, parece compartirla Gallegos al atribuirles conductas inconscientes. En Cantaclaro “los revolucionarios” están animados más por venganza (resentimiento social) que por anhelos de transformación económica y social. Imaginándolos, además, víctimas del determinismo geográfico y la fatalidad (1979b, p. 54-55, 193-194). En Doña Bárbara, Pajarote alega que “peón es peón y le toca obedecer cuando el amo manda”. Sin que deje de presentarse situaciones de resistencia subterránea, como cuando Sandoval manifiesta a Luzardo que las cercas pueden matar “de tristeza a los llaneros” habituados al cachilapeo.
Dejando colar Gallegos la posibilidad de ideas sobre la guerra y la distribución de la riqueza que califica de “muy llaneras”, como cuando Pajarote se alza “Por descansar de la brega con la cimarronera y porque ya las totumas estaban llenas, de tanta paz que había habido, y era hora de repartir los centavos”.
Asimismo Juan Parao se deslinda de dos de sus amos: Jaramillo y Payara, se alza por propia iniciativa, pero prosigue aferrado a esa espera que Gallegos (1977b) registra en ambas novelas: “Una voz de tu sangre, religión de tu raza mesiánica, te hizo luego seguir a un hombre en quien viste un jefe. ¡Pobre pueblo mío que siempre andas buscándolo!! (p. 364).
El medio físico parece resistiendo. Rebeldía insinuada a lo largo de Doña Bárbara: el capítulo “La Doma” dice cómo “palpita con un ritmo amplio y poderoso la vida libre y recia de la llanura”. Una pulsación ante la cual luce Gallegos proclive a rendirse dando rienda suelta a sus reclamos:
“Ancha tierra, buena para el esfuerzo y para la hazaña!…..¡Ancha tierra para correr días enteros! ¡Siempre habrá más llano por delante!”. No siendo inmune tampoco, el impertérrito e impasible Luzardo, a “las tufaradas de los recuerdos de la niñez… Sus nervios que ya habían olvidado la bárbara emoción, volvía a experimentarla vibrando acordes con el estremecimiento de coraje con que hombres y bestias sacudían la llanura, y ésta le parecía más ancha, más imponente y hermosa que nunca….
“Y de todo esto y por todas las potencias de su alma. Abierta a la fuerza, a la belleza y al dolor de la llanura, le encontró el deseo de amarla tal como era, bárbara pero hermosa, y de entregarse y dejarse moldear por ella, abandonando aquella perenne actitud vigilante contra la adaptación a la vida simple y ruda del pastoreo”.
Pudiendo observarse en el capítulo “Luz en la Caverna” que Barquero sucumbe víctima de la Devoradora de Hombres, que no era tanto Doña Bárbara como “la tierra implacable, la tierra brava, con su soledad embrutecedora, tremedal donde se había encenegado aquel que fue el orgullo de los Barquero”.
Mientras en Cantaclaro desde el primer capítulo y quizá hasta la última frase, después de todas las tormentas sociales, intimas, amatorias, familísticas, políticas y económicas, la sabana impone su protagonismo e “influjo diabólico”.
Triunfo que parece corresponderse con el de la gran propiedad, adquirida legítimamente según ideología galleguiana: en el capítulo final de Doña Bárbara “Toda Horizontes, Toda Caminos”, el penúltimo párrafo es para informar que ha transcurrido “el tiempo prescrito por la ley para que Marisela pueda entrar en posesión de la herencia de la madre, de quien no se ha vuelto a tener noticias, y desaparece del Arauca el nombre de El Miedo, y todo vuelve a ser Altamira”. Es decir: las doscientas leguas de extensión y quizá más, debido al esfuerzo de la Doña adscribiéndose otros fundos. Concluyendo la obra con este párrafo:
“Llanura venezolana ¡¡Propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, sufre y espera”. Dejando para los heredados el salvacionismo que en otras circunstancias repara.
En Cantaclaro, muerto Buitrago, sucede igual con El Aposento, en manos de José Luís Coronado y sus tradicionales prácticas hateras.
Asentimiento con tales modelos de hato que deriva, quizá, del probable acomodo de Gallegos al específico medio ambiente, por su habitual aquiescencia hacia las pulsiones etno-telúricas: “De mi se decir e estando en el Arauca, ante la sabana inmensa, sentí que si le echaba la pierna a un caballo salvaje y acertaba a enlazar a un toro, me quedaría para siempre en el llano”.
El personaje central de Cantaclaro es la sabana si observamos que arrastra a Florentino, de donde “Bendígame vieja. Que la sabana me llama otra vuelta”, puesto que le ofrece “sus caminos (…) como una mano sus rayas al abrirse”; convoca a Payara: “una voz llanera de gran horizonte abierto”; a Juan Parao: “se lo llevó la sabana, que hacía días estaba llamándolo” y a Rosángela, acosada por sus “influjos”; a cuantos se juzgan llaneros, siguiendo al Profeta, “una voz antigua, pero siempre oportuna a cuyo encuentro salía el alma del llanero. La voz de la sabana, el vasto horizonte, invitando al nomadismo …”. Que no parece seducir a José Luís Coronado, a quien poco dice la sabana.
Tanto en Doña Bárbara como en La Vorágine se evidencia un prurito iluminista que ubica la sabana como zona intermedia entre civilización y barbarie. Pero en Cantaclaro parece flameando más bien como grito alternativo frente a la ciudad. Una contrapropuesta civilizatoria ante el hecho urbano, como en La Silva Criolla de Lazo Martí: tierra para la poesía y la justicia. Connotación que se anuncia en Doña Bárbara con el triunfo de Santos Luzardo sobre las fuerzas “oscuras” emanadas de la ciudad (Mr. Danger, Ño Pernalete) y las que proceden de “la selva” (Doña Bárbara, la maldición india, etc.).
No en balde, la sabana aporta potencialidades silenciosas y afirmativas a través de Antonio Sandoval, Carmelito, Pajarote, María Nieves, Marisela. Consustanciación con la tierra que convalidan versos como éste de Alberto Arvelo:
“No quiero alambre importuno / en mi mundo desolado / Si se me riega el ganado / yo veré si lo reúno”.
Así como textos de Doña Bárbara, referidos a la sabana, que parecen legitimar respuestas frente al empeño de dominarla: “Fue la rebelión de la llanura, la obra del indómito viento, de la tierra ilimite contra la innovación civilizadora” (1977a: 139).
Y otros que reivindican su cultura: “la barbarie tiene sus encantos, es algo hermoso que vale la pena vivirlo, es la plenitud del hombre rebelde a toda limitación” (Rómulo Gallegos, 1977a: 164)
Rómulo Betancourt, asumiendo el mensaje de Gallegos e influido quizá por Mariátegui y el aprismo peruano, en su artículo “Apuntes para una interpretación de Doña Bárbara” en la Revista Repertorio Americano tomo XXI, No. 13, Octubre 4, 1930, San José de Costa Rica, establece una dicotomía entre latifundio y libertad, señalando a Doña Bárbara como “latifundista, hembra de presa, mujerona sin escrúpulos, capaz de todas las depredaciones y de todas las tropelías, personaje que en la evolución social de Venezuela, invirtiendo el sexo, puede bien llamarse Cipriano Castro o Juan Vicente Gómez”.
Cuatro años después y, gobernando todavía Gómez, aparece Cantaclaro, con una sola referencia, bajo un velo críptico, a la categoría de marras, relativa a las prédicas “certeras y eficaces” del Profeta en un “momento en que el duro apremio de las necesidades materiales mal satisfechas –el recio trabajo y la paga escasa y la condición de siervo del peón y el profundo malestar económico que por todos lados se extendía con el latifundio y a causa de las mil trabas que para llegar a éste obstaculizaban la pequeña industria del ganadero sin capital – ya no hacían apetecible la vida sedentaria…” (1977b, 195).
Seis años después, habiendo transcurrido dos de la primera edición de Cantaclaro, Bentancourt, en prólogo a la obra Latifundio de Acosta Saignes, se manifiesta crítico de la tercera República por escamotear los haberes militares “sobre todo los de los llaneros”, que los obligó a convertirse en “cuatreros”. Libro en el que Acosta denuncia “procedimientos rudimentarios a los que están sometidos” los peones, entre otros la práctica de “aparcería”, que no menciona Gallegos.
Sombras de Los Llaneros es un capítulo en el que Acosta revela que “Se quejan los llaneros. Siéntense sombras de los semicentauros de ayer. Sin embargo, la heroicidad de antes y la tristeza de ahora tienen un mismo origen: la falta de tierras. Tras realistas y libertadores anduvieron indistintamente en las guerras independentistas, llevaban sólo el deseo de obtener alguna propiedad. Siguiendo a Páez se fueron las legiones heroicas, con “hambre de tierras”. Secundando luego a los caudillos de “mil revoluciones”, anhelantes siempre de la parcela para el conuco. Ese conjunto de hombres “sufre y espera”.
Agregando que también allí los latifundistas usan y abusan. Dilemática que Gallegos evita comentar. Como tampoco señalamientos de Acosta en cuanto a que dichos fundos sólo admiten hombres y rechazan sus familiares. Añadiendo que hubo “tiempos florecientes” en que cada cual “poseía ocho o diez reses y algunos, pequeños rebaños de algunas decenas”. Pero el acaparamiento de tierras solo deja miseria.
Se prohíbe hasta la cría de cerdos “porque hozan la sabana” y es propiciada la pobreza para contar con “fuerza humana” para salarios de miseria y comidas “compuestas de hueso y topochos”. Como Gallegos, Acosta es partidario tanto de las cercas para proteger la agricultura como de la modernización del transporte para los ganados.
La lectura unívoca y monosémica de las dos novelas de Gallegos, como quiso Betancourt en 1930, es esquiva: las ventoleras ideológicas se entrecruzan como las aguas de los ríos llaneros, como “el hombre de la llanura… ante la vida…Todo a la vez y sin estorbarse” (Gallegos, 1977a). Siendo Presidente de la República, promulga una Ley de Reforma Agraria, que al parecer influyó en su derrocamiento por afectar intereses latifundistas (Párraga G. 2001).
1) Sobre crítica de Gallegos a los federales véase 1979b, pp. 92, 105-106.
2) En Cantaclaro puede observarse que Gallegos insiste en denunciar la autoridad usurpadora: “hombres de presa” (Gallegos, 1977b, p. 107), que se apropian de las tierras de honrados ganaderos (op. cit., pp 26, 54-5, 93; 270-3; 323-331).
Santamaría /2002, citado por Reyes, 2003) apunta que “entre olvidos y nostalgias Casanare llegó al fin del siglo pasado y de pronto los pozos petroleros asaltaron el horizonte”.
Un asedio que, al parecer, tiene preclaros antecedentes, citando Reyes, también, a Rosselli, quien en 1946, al apuntar que “con la llegada del automóvil y del turista, abandonaron ese aire salvaje y misterioso para incorporarse, aunque con resistencias, al torrente de la civilización”.
Antonio José Torrealba en su “Diario de un Llanero”, que relata hechos del Cajón del Arauca correspondientes a los primeros años del siglo XX, coincide en el parecer muy de la época, y de fines del siglo XIX de que el llano tocaba a su fin. (163).
Dicho autor, llanero y consciente de los valores de la etnia, señala cuatro causas de lo que entonces se consideraba como el fin del Llano: el gobierno andino, la civilización mal interpretada, las pestes y los llaneros modernos (1986 : V: 82)
Izard anota “tres plagas”, de acuerdo con la información suministrada por “los ganaderos, grandes y medianos”, en los años veinte del siglo XX: “la crisis económicas, la epidemias y los cuatreros” (1986: 38).
En tanto que uno de los entrevistadores por el equipo de Cendes para el trabajo sobre el hato, expone los factores que contribuyeron a la ruina del llano… primeramente, el paludismo, y después Juan Vicente Gómez, o mejor, dicho, yo no sé cuál de los dos le hizo más daño” (Carvallo, 1985: 161).
De lo cual podemos deducir tres fenómenos que se articulan: 1) Hechos políticos, 2) Hechos Ideológicos, y 3) Hechos étnicos, que una sabia alternativa para la región debe enfrentar.

Quienes vinieron a explotarla no contaron que la tierra amolda el modo de ser de cuanto se le adscribe. Nadie se instala impunemente en un lugar. Creemos dejar marcas por donde uno pasa. Y son los sitios los que nos marcan. Todo espacio repele o absorbe. Transforma. Transfigura. Culturiza. Quien viene o quien va.
Después de ocupada, la antigua tierra persiste, no desaparece, a menos que desaparezca todo. Ya que la antigua tierra es la garante para que todo no desaparezca. Ella vigila. La madre tierra de la que venimos y de la que no podemos desasirnos so riesgo de quedar para siempre varados en la nada.
Subsisten las palabras que las nombraban y las prácticas. Los usos que ella fue insinuando, generando, reproduciendo. Un lenguaje que orienta acerca del modo en que se edificó su mundo o puede ser reconstruido, en el marco de la oferta del heroísmo fundacional. Un desafío para que cualquier cambio que aquí se produzca no trastoque aquellas bases etnotelúricas.
Subsisten las composturas y los territorios que les nutrieron. Subsisten los motivos que las erigieron o inspiraron. Los mismos cielos sobre las mismas tierras.
A pesar de furores unilaterales y torcidos
A pesar del desbocamiento tras todos los dorados
A pesar del guayare en la conciencia obsesionado por extraer y no reproducir.
Un principio mínimo de cualquier revolución reclama antes que nada el balance de lo que fuimos, somos, podemos ser, preservación de hermosuras, dichas, rastros perennes.
Un legado territorial, otro indígena tal vez en el basural y los pelados. Cuanto aún late bajo las superficies arrasadas. Desbrocemos, hurguemos, icemos la ofrenda diaria ante el altar solidario, para que más nunca tengamos que pedir muletas para sobrevivir .
Para que no regrese como furia.
Si es que el llano como hábitat pecuario se encuentra en entredicho, más por cuanto se hace, que por cuanto se dice, procede preservar alternativas que, culturalmente son patrimoniales, como esta del hato llanero. Recuperar sus lindes, ya como propiedad privada o pública, donde aún los ecosistemas lo permitan y no sean afectados.
Algo así como reserva de biósfera, en las que así como se distribuyen los goces intangibles que genera, también se repartan los bienes tangibles para que no haya usufructuador ni usufructuado. A cada quien, según su merecimiento, de cada quien según su pericia.
Una modalidad de hato llanero del siglo XXI en que el control de su funcionamiento sea a través de los recursos modernos, debidamente colectivizados, de la informática.
Se invoca por allí la sociedad del conocimiento como esa panacea que está terciando ante problemáticas ancestrales de todos los mundos. Una presunción de universalidad en cuanto que tiene más bien a unir que a desunir, aglutinar antes que disgregar, valorar antes que desmerecer.
Pero tal sociedad, me atrevo a presumir, ha de dar garantías de que también lo sea sociedad de la convivencia, la alegría, el buen gusto y la equidad. Como lo han sido todas las etnicidades del mundo en el mejor sentido de su índole interfecundante y solidaria.
La Globolocalización que Baquero Nariño propone para que “el ritmo cosmopolita de la época” no solape lo que hemos sido y podemos culturalmente seguir siendo como energías probadas y aptas para mantener todo lo bueno que aquí se ha gestado y se puede gestar.
Un orden interétnico universal del conocimiento, por su potencialidad para dejar que cada cultura logre armar su tienda específica, en el marco de las aspiraciones comunes de autosustentabilidad, que minimice al máximo cualquier amenaza de incertidumbre.
En nuestra particular etnicidad llanera orinoquense hubo un saber-hacer que se manifestaba en sincronías como las que se vivenciaban en los grandes rodeos de ganado. Hubo felicidades que derivaban al mismo tiempo de la pericia en el esfuerzo de sol a sol como en la ejecución de un cordaje, como en la destreza al cantar, como en el encuentro con la amada, como en el juego y la lucha.
Debiendo esa sociedad del porvenir ser lo más parecida posible a aquel tiempo primario,
A la alegría que segregaba,
El trance estético que se insinuaba en cada hacer y cada decir
El cuidado en que no hubiese nada que no fuese energía capaz de crear sueños o recrearlos cuando evidenciaban que era suficientemente dignos de renovarse sin cesar
Nos consta que así fue y puede seguir siendo el cielo que ya nadie puede prometernos porque de alguna manera sigue en nosotros vivo.
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Notas: 1. el académico Adolfo Rodríguez R, autor de esta ponencia, vía email amablemente me la compartió el sábado 29 de agosto del 2015.
2. Al amigo Constantino Castelblanco Q. mucho le agradezco haberme facilitado las fotografías que ilustran el documento “El Hato Llanero: del confín a la Aldea Global”.
Villavicencio, Meta, Colombia
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