“En el lapso de diez años relativamente ella me contó toda la historia de Orocué, cuadrándola lentamente hasta formar una especie de monografía. En aquel entonces doña Rosalía contaba con ochenta y dos años de edad y yo tenía que recurrir a otros patriarcas orocueseños para que me certificaran la verdad, y confieso que jamás, de lo contado por ella fue equívoco”

Con motivo del primer aniversario del fallecimiento del recordado excelente amigo Jairo Ruiz Churión, 27 de mayo, como homenaje póstumo rescato una parte de su primer trabajo histórico que escribió en máquina manual y luego duplicó algunas pocas copias. Lo hizo en diciembre de 1979.
Para entonces él laboraba en Ayudas Educativas dependencia de la Universidad de los Llanos, por eso en los agradecimientos cita a funcionarios de dicha institución a quienes con emoción les compartía episodios contenidos en su final trabajo monográfico.
Espero no equivocarme al decir que en esos años el amigo escritor me contó que entre las ideas que tenía para bautizar su monografía fue Jairo Acosta quien le sugirió escoger la opción con la que la tituló.
A la postre resulté ser uno de los afortunados que recibió copia del todavía inédito documento “Doña Rosalía y algo más”. Desde entonces lo conservo, por eso sus treinta y tres páginas tamaño oficio están amarillentas.
No podía ser otro el tema de su primera investigación sino la historia de su entrañable pueblo natal sobre la margen izquierda del río Meta, del que siendo muy chico físicamente se alejó pero del que con su corazón y espíritu como cordón umbilical siempre estuvo atado y al que visitó cada vez que pudo.
He transcrito la presentación que Jairo Ruiz Churión le hizo a su obra “Doña Rosalía y algo más”, compuesta por cinco capítulos: Es la siguiente:
“Al lector:
En el año 1968, estando yo de visita donde Ricardo Nieto, hijo mayor de doña Rosalía, comencé a escuchar la maravillosa historia de mi tierra natal. Yo no sabía que había sido así de fantástica, claro está, fuera de lo narrado por mi abuelo, Jesús Churión Mirabal y mis padres José
Ángel Ruiz y María Churión Jiménez, que no dejaban de ser anécdotas de ellos en su juventud.
Cuando doña Rosalía me empezó a contar cómo había llegado con sus padres, mis abuelos y demás gentes que habitaron Orocué, sentí deseos de escribir lo que ella me iba contando para guardar una especie de testimonio a las generaciones venideras. Y en cada visita que le hacía, conocí poco a poco toda la gloria que había tenido mi pueblo.
Comencé verdaderamente a quererlo por medio de esos cuentos, charlas, anécdotas e historias inverosímiles para muchas personas, pero ciertas para todos los casanareños.
En el lapso de diez años relativamente ella me contó toda la historia de Orocué, cuadrándola lentamente hasta formar una especie de monografía.
En aquel entonces doña Rosalía contaba con ochenta y dos años de edad y yo tenía que recurrir a otros patriarcas orocueseños para que me certificaran la verdad, y confieso que jamás, de lo contado por ella fue equívoco. Tenía una memoria extraordinaria pues recordaba la fecha cuando llegó a Orocué siendo una niña.
En su juventud tuvo una belleza clásica llanera. Guardo una fotografía donde aparece a la edad de quince años, de talle recto, manos delgadas y finas, nariz recta, cara delgada con cejas arquedas y un porte que se respira a través de la foto.
Hace seis años, antes que mi padre muriera, él me dijo que escribiera la historia de Orocué, que ahí estaba en lo que me había contado doña Rosalía y algo más que yo podía averiguar por medio de la familia y demás gentes orocueseñas.
Toda la vida me he sentido pésimo para escribir y por esa razón no lo había hecho.
El 3 de septiembre de 1979 murió la matrona más grande que han tenido los llanos del Casanare, a la edad de noventa y tres años. No sabía qué homenaje hacerle a esta señora maravillosa, fuera de un recuerdo memorable.
Por esta última razón he resuelto escribir la historia de Orocué como un homenaje, aunque pequeño para ella, que perdure en la mente de todo el que se sienta llanero.

Tengo que dar mis más sinceros agradecimientos a muchas personas que de una u otra forma, me convencieron para escribir, me ayudaron moralmente y, por qué no decirlo, hasta gramaticalmente.
Mi madre, llanera a más no decir, todos los días decía que escribiera rápido toda ésta historia, que sería divino volver a recordar aquellos tiempos. Nancy Espinel, antropóloga, con el llano que le corre por todas las partículas de su cuerpo, llamada cariñosamente por sus amigos “La Princesa Achagua”, pero que para mí es “Ay si sí”, puro joropo andante, a ella le debo muchísimo el haber escrito todo esto, porque admiraba a doña Rosalía y sus historias le parecieron lo más fantástico que había podido escuchar del llano.
A Nancy, puedo decir que le dedico este escrito, porque de su libro “Los Achaguas” he tomado apartes necesarios para elaborar todo lo concerniente a la época precolombina del Casanare y porque ella es más llanera que muchos llaneros.
No puedo dejar por puertas afuera a María Eugenia Romero, también antropóloga, quien todos los días me decía ¡qué hubo! ¿Ya escribió?, hasta que también me convenció de hacerlo.
A Luis Ernesto Flórez Osorio, ayudándome con las anécdotas sobre los primeros carros y lanchas que llegaron a Orocué. A Ricardo Nieto Orjuela corrigiéndome ciertos apartes que doña Rosalía los confundía.
A Arturo Arango Mutis, que goza con los cuentos que yo le narro sobre Orocué y fuera de todo, se aguantó al corregirme gramaticalmente y con todo ésto se divirtió a sus anchas. A Clemente Vargas, que con su mimeógrafo sale al aire todo el historial de Orocué.
Tengo que agradecerles también a Jairo Acosta, Ivone Cano y Hugo León, quienes aportaron su granito de arena.
Puede ser que hayan quedado algunos nombres por fuera de esta lista, pero no por eso dejo de reconocer la ayuda que todos me prestaron para sacar avante este historial sobre Orocué.
Jairo Ruiz Churión
Villavicencio, Diciembre de 1979”
Nota: agradecimientos para Carmen Julia Mejía A., lideresa de la orocueseña Casa Museo La vorágine, por compartirme la añeja foto del puerto de Orocué.
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Merecido homenaje al recordado Jairo Ruiz Churión quien en las pocas, y profundamente aleccionadoras ocasiones, su “conversa” lanzó mi curiosidad hacia ese Orocué tan suyo. De manera directa contribuyó al documento de contexto que sirvió en los inicios de la acreditación de alta calidad de Unillanos. Luego en el de la Conformación Histórico-Geográfica de la Orinoquia que sirvió varios años a la Cátedra Orinoquia.
Admirable su labor. Y memorable el homenaje que Don Oscar Pabón Monroy hace a ese, su amigo, Don Jairo Ruiz Churión, ambos baluartes culturales llaneros. Tods mi admiración.