Arauca y Meta: sus pretéritos vínculos

“En territorios del Meta y de Arauca se localizan los puntos de inicio y fin de dicho prolongado cinturón montañoso que incluye a Casanare, sin el cual la tierra llanera no podría subsistir puesto que por sus faldas bajan pequeñas y grandes corrientes hídricas”

carretera piedemonte
Vía de Hato Corozal, Casanare, rumbo al puente de La Cabuya y de ahí a Tame, Arauca (Foto: Óscar A Pabón M))

En este escrito quiero rescatar y resaltar dos elementos conectores de las tierras araucanas y metenses, aunque las dos están a más de “cien leguas de por medio”, como dice el joropo Cajón de Arauca apureño compuesto por Julio César Sánchez Olivo e interpretada con todo sentimiento por Ángel Custodio Loyola, los dos venezolanos.

Sobre el par de vasos comunicantes es que seguidamente voy a contar.

Una espina dorsal geológica llamada Piedemonte

Desde el mismo momento en que Dios y la naturaleza organizaron el paisaje natural de los Llanos Orientales crearon una especie de espina dorsal geológica que unió dos distantes territorios, que a la postre llevarían respectivamente los nombres de sus mayores ríos: Arauca y Meta.

Me refiero al biodiverso sistema de Piedemonte que actúa como una bisagra articuladora de la alta cordillera y las dilatadas planicies de Colombia, de dicho sistema también hace parte el departamento de Casanare.

Difícil resulta asegurar si ese accidente geográfico nos une o nos separa del país andino, o también si es el comienzo o el fin del Llano colombo venezolano.

Lo que sí es indiscutible es que en los departamentos del Meta y Arauca se localizan los puntos de inicio y fin de dicho prolongado cinturón montañoso que incluye a Casanare, sin el cual la tierra llanera no podría subsistir puesto que por sus faldas bajan pequeñas y grandes corrientes hídricas que luego recorren tierras planas de los tres departamentos. Quiere decir lo anterior que esos afluentes antes que ser llaneros, son guates.

Caminos abiertos por millares de cascos bovinos y equinos

El regional comercio ganadero sembrado por los jesuitas en tiempos de la Colonia hizo surgir el otro conector que tiene orígenes económico y sociológico.

Se trata de los caminos reales que quizá tuvieron como sitios de partida hatos y fundos en territorios araucanos, que a la vez fueron lugares de encuentro y de salida tanto de vaqueros como de semovientes, legendarios viajes arriados hasta la capital metense atravesando la geografía casanareña.

Las narraciones de los actores principales de aquellos recorridos nos dicen quienes fueron los grandes ganaderos que los contrataban, también que la ruta la cubrían en tiempo aproximado a cuarenta días hasta Villavicencio, el pueblo más importante de la región llanera al que con gran anhelo querían conocer o regresar.

Como su suerte era incierta en ese rudo desplazamiento, los vaqueros crearon el dicho “A Villavicencio o al cielo”, pues tenían solo dos opciones: llegar vivos a su destino o morir en el camino. Esa frase la pronunciaban al momento de partir.

Aquellas travesías mantuvieron unidas a las entonces intendencias de Arauca y Meta. Hay que decir que a través de muchas décadas esos llaneros de a caballo tejieron fibras no solo económicas sino culturales, que le hicieron bien a las sociedades llaneras: la araucana, casanareña y la metense, pero de manera principal al folclor llanero.

Valga decir que algunos de los otrora importantes dueños de hatos araucanos se establecieron en Villavicencio, puedo citar a Leopoldo Lomónaco (de origen italiano) y a Víctor Machado.

Al primero se le recuerda en la placa del pedestal del busto de Simón Bolívar en el parque central de la capital araucana, puesto que con sus hermanos donó la escultura en mármol. A su vez, en la capital metense un barrio como nombre lleva su apellido, debido a que él donó el terreno en el que se fundó.

Busto de Bolivar
Recuerdo de los hermanos Lomónaco de origen italiano y reconocidos ganaderos araucanos (Foto: Óscar A Pabón M)

Otro personaje digno de nombrar es doña María López, de quien se cuenta fue la única mujer que comandó épicos viajes ganaderos. Su casi ignota historia aún es una refundida leyenda tanto en Arauca como en Villavicencio, tierras en las que tuvo propiedades.

Sobre ella es el libro “María la cachilapera” de don Plutarco Granados S., bien recordado historiador tameño ya en la eternidad.

Pero la ancestral tradición de ganadería arriada se perdió con la llegada de las nuevas tecnologías a los llanos, me refiero a la aparición de la carretera y el camión. Sobre los extinguidos viajes ganaderos la artista Soraya Yunda realizó un documental que lleva por título “A Villavicencio… o al cielo”.

Arauca y Meta en los tiempos actuales

Al inicio de este escrito hablé de la importancia ambiental del piedemonte llanero, ahora quiero decir que ese mismo sistema geológico le deparó también la suerte a las sociedades asentadas sobre él.

De esta manera, a partir de la modernización de los carreteables el trazado entre Villavicencio y Tame (Arauca), se hizo siguiendo la línea piedemontana. Entonces, si los otrora viajes ganaderos se cubrían por sabanas abiertas en cuarenta días, ahora viajar en carro de Arauca a Villavicencio demanda aproximadamente doce horas.

Conviene decir que la construcción del puente sobre el Casanare en el histórico puerto de San Salvador, hace que el piedemonte quede por fuera de la nueva ruta.

A manera de conclusión resumo que las distantes tierras de Arauca y Meta han estado unidas desde milenios por el piedemonte llanero, y desde tiempos inmemoriales por fuertes entramados sociológicos generados por el activo comercio ganadero que durante décadas ocurrió.

Paisaje con ganado
Piedemonte metense en territorio del municipio de El Castillo (Foto: Óscar A Pabón M)

Un último vínculo comenzó hace más de medio siglo con la llegada de destacados folcloristas araucanos a la capital metense, quienes coadyuvaron a la fijación del joropo dentro de su citadina vida cultural. No lo dice este narrador, lo cuenta la historia artística de los dos territorios.

Villavicencio, 18 de mayo de 2013.

Nota: Esta crónica la publicó la araucana revista Conceptos y el metense periódico Tierra Mágica.

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