“Como eran muy jóvenes de su patria chica se fueron solteros y por allá se casaron y armaron sus grupos familiares dando origen a las primeras generaciones nacidas en tierras llaneras”.

Soportes informativos de esta crónica son fuentes orales recogidas por línea materna, secundarias en menos proporción.
La inquietud que dio origen a esta crónica la generó hace muchos años mi mamá quien contaba los largos viajes que por camino de herradura emprendía su papá –es decir mi abuelo- entre Sogamoso y Casanare. Esas detalladas historias para mi eran aventuras.
Inspirado en las maternas narraciones y en las añejas trashumancias de otros parientes entre los mismos destinos, redacté la siguiente memoria.
Por línea materna provengo de Sogamoso fantástica tierra muisca sede del Templo del Sol del cual dicen que fue construido con columnas de madera fina traída de Casanare, sagrado recinto que fue profanado y destruido por el conquistador Jiménez de Quesada.
Desde dicho centro poblado boyacense de origen colonial, con cifrada importancia social y económica, aproximadamente a partir del final de la década de 1920 comenzó el éxodo de algunos de mis familiares, quienes con fines aventureros/colonizadores tomaron rumbos hacia territorios casanareños.
Como eran muy jóvenes de su patria chica se fueron solteros y por allá se casaron y armaron sus grupos familiares dando origen a sus primeras generaciones nacidas en tierras llaneras.
Según los recuerdos de mi mamá Rita fueron cuatro los apellidos de parientes sogamoseños que bajaron y se establecieron en sectores de Casanare.
Sus nombres y sitios en donde echaron raíces son los siguientes:
| Nombres y apellidos | Territorio |
| Ramón Monroy | Trinidad (La Trinidad del Pauto) |
| José Tupanteve | Trinidad (La Trinidad del Pauto |
| José Sierra | San Luis de Palenque (antes jurisdicción de Trinidad) |
| Gustavo Montañez | Orocué |
Ellos se compenetraron con el medio geográfico físico y cultural, armaron sus fundos haciéndose reconocidos ganaderos. Quizá en Trinidad hoy el apellido Monroy de esta cepa ya no está.
Quiero ahora compartir de manera breve lo que me contó mi mamá acerca de los periódicos viajes comerciales realizados por Julio Monroy, su papá, entre Sogamoso y diferentes destinos casanareños.
En su recua de mulas mi abuelo materno transportaba bultos de mercancías y comestibles. Resalto que la carga siempre incluía docenas de cotizas de cuero de res, que en su casa mi abuela en prolongadas jornadas de trabajo tejía con hilo negro haciéndoles detalles discretos con hebras de colores. Con este artesanal producto se atendían los encargos de los llaneros.
La carga era tapada con papel encerado para protegerla de las lluvias. Lo anterior me da pie para decir que el camino –para mi prehispánico- era prolongado y transitarlo era toda una experiencia extrema por su abrupta topografía y por el inclemente clima, retos que de manera obligada el viajero debía afrontar.
El traje del abuelo incluía ruana, sombrero, briches y botas. También usó el tradicional bayetón, ya extinguido.
Del tolerable frío sogamoseño se iba en busca de bajas temperaturas en tierras de Mongua y luego transitar la altura máxima: el inclemente páramo de San Ignacio, al que Julio Monroy decía que mejor debía llamarse páramo “del diablo”.
Mi abuelo tuvo propiedad en el sitio Guayaque, más no echó raíces en tierras casanareñas.
Inquieto yo por saber el trazado de este camino busqué en el libro Caminos Reales de Casanare, de Héctor Publio Pérez A. -historiador yopaleño y amigo- en cuyas páginas 97 a la 101 despejé mis incógnitas, puesto que bajo el subtítulo “Itinerario de Moreno a Mongua y a Sogamoso por Labranzagrande”, detalla por tramos el recorrido que se cubría en algo más de diez días y lo ilustra con el mapa de la histórica senda.

Quienes participaron en el voluntario éxodo familiar pasaron de vivir en 2.569 msnm para adaptarse pronto a tropicales territorios localizados en promedio a 200 metros sobre el nivel del mar.
Con base en lo anterior me atrevo a plantear las siguientes hipótesis sobre la simbiosis cultural que pudo haber sucedido:
-Aprehendieron el manejo de la economía ganadera con sus oficios
-Supieron acomodarse a la biodiversidad, a las dos extremas temporadas climatológicas del año. Domaron ríos y sabanas
– Se les facilitó aprender a bailar joropo y a cantar coplas quizá por la cadencia rítmica y la improvisación de versos del torbellino propio de su originaria región.
-Llevaron la tradición festiva del San Pascual Bailón, pagana celebración que adaptaron al medio llanero

– Su ancestral vocación agrícola de las huertas caseras coadyuvó al modelo del conuco de la sociedad llanera.
-Llevaron el joropo a tierras sogamoseñas reforzando el calificativo de “puerta del Llano”, en donde el folclor llanero es muy apreciado y disfrutado.
No en vano en Sogamoso y en municipios vecinos el joropo se ha cultivado en estaderos, festivales y en academias folclóricas.

Quizá en los tiempos actuales vive la cuarta generación de los aventureros colonizadores que desde los años veinte del pasado siglo se atrevieron a dejar su entorno andino por la vida tropical de las sabanas casanareñas. No solo mis parientes.
Brindo este reconocimiento a tan importante pasado sociológico que debe ser tema de rigurosa investigación para evitar que se pierda en las líneas del tiempo de la historia regional.
Parodiando la frase del Himno Nacional que reza: “Centauros indomables descienden a los llanos”, digo yo:
¡Sogamoseños audaces descendieron a las sabanas de Casanare!

En diciembre de 2022 apareció el libro “Memorias de arrieros por el camino del Cravo”, añeja ruta de Sogamoso a Casanare, trabajo ganador de la convocatoria de Estímulos y Fomento de la secretaria de Cultura de la Gobernación de Boyacá. Su autor es Nelson E. Cabrera P., antropólogo sogamoseño.
Nota: esta memoria familiar la escribí en mayo de 2017 y en el mismo año la publicó el medio de comunicación electrónico Viveelmeta.com La presente versión tiene correcciones y adiciones.
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